A casi un año de las elecciones provinciales, el peronismo tucumano entró en otra etapa de convivencia incómoda. No es una situación del todo extraña porque ha pasado antes, pero sí es diferente. La antesala electoral hace que sea especial, más intensa y con más aspectos en juego.
Desde luego que los protagonistas cambiaron levemente en relación a los últimos comicios. Las versiones bullen en torno a posibles acuerdos y, claro, también a los desacuerdos. Cuando más poder ejercen los involucrados, más especulaciones hay sobre ellos.
El justicialismo local necesita de todos si pretende permanecer en los espacios de gestión. Y este condicionante es claro para todas las partes.
La convivencia se da entre dirigentes que probablemente en otras circunstancias no se elegirían entre sí para emprender un proyecto político. Las diferencias y las ambiciones particulares hacen que transcurran estos meses de manera zigzagueante. Además, hay una invitada estelar a estos vínculos: la desconfianza. Es el hilo que hilvana todas las piezas de este panorama.
Las piezas
En el tope del oficialismo aparece la primera figura, que es el conductor del espacio. El gobernador Osvaldo Jaldo, que es gravitante en el escenario político, marca los tiempos de conflicto y también los de repliegue. Temperamental y confrontador, está relativamente encorsetado por la gestión. El tranqueño tuvo que medir su naturaleza para afrontar un gobierno en condiciones generales adversas. Los cambios en la disponibilidad de recursos nacionales desde el comienzo de la presidencia de Javier Milei (LLA) fueron clave para la impronta de la gestión. La administración de la escasez se convirtió en un asunto central.
No es que no haga política partidaria, porque sería imposible, pero el margen es más limitado. De manera subterránea, las “jaldeadas” y los reacomodamientos continúan.
Jaldo viene haciendo equilibrio puertas adentro y afuera del PJ y más allá de su movimiento. En el armado propio, para tirar sin romper del todo. Y más allá, con la Rosada, para poder sostener la postura dialoguista y negociar recursos durante el mayor tiempo posible antes del 2027.
Las dificultades son el avance del calendario, lo mucho que le irritan las acciones de LLA Tucumán y el rol de opositor en relación a la Nación que debe asumir durante la campaña.
Anoche, en Monte Bello, hubo un adelanto. Afirmó que estaba inaugurando obras públicas hechas con fondos provinciales y dijo tener una “mala noticia” para la oposición: que la gente volverá a votarlo para gobernar, según sus palabras ante el público.
Por estos días, Jaldo cosechó buenos gestos nacionales. Recibió halagos de la senadora Patricia Bullrich a sus políticas de Seguridad y recibió a gobernadores del NOA y a la ministra Alejandra Monteoliva. Son hechos que dan cuenta de cómo preserva la convivencia con los libertarios nacionales.
La pieza que aparece en el segundo lugar es la del vicegobernador Miguel Acevedo, que hasta aquí sería el acompañante natural del mandatario para competir por la reelección.
Los desacuerdos entre ambos han sido sutiles durante la mayor parte que lleva el mandato y manifiestos en algunas ocasiones.
La cercanía de Acevedo con Juan Manzur es su “estigma” a los ojos del jaldismo. Sucede que estuvo en el manzurismo durante la interna y el senador lo eligió como su reemplazante en la fórmula de 2023 tras un planteo judicial.
Acevedo mantiene diálogo frecuente con el ex gobernador y fue el mediador para el acuerdo -transitorio- de unidad del PJ en las elecciones nacionales del año pasado. El vice tiene un carácter muy especial para la política: es reflexivo, evita las peleas y esquivó por ello varias “balas” del Ejecutivo. En este momento, el contacto es cordial y estable.
El origen político de la intendenta Rossana Chahla la pone en una situación similar. Es la tercera protagonista. La capitalina fue - y sigue siendo- objeto de más embates del jaldismo en este entuerto justicialista.
Ella expresó en muchas oportunidades su alineamiento con la Casa de Gobierno, pero mantiene su criterio independiente en diversas cuestiones, como las candidaturas testimoniales. Eso molesta. También el hecho de que no actúe ni maneje su gestión como el peronismo oficialista espera que lo haga.
De acuerdo con diversas fuentes, estaría interesada en repetir mandato en la Ciudad y su equipo trabaja para ello.
En los últimos días hubo algunas nuevas turbulencias en la relación con el Ejecutivo provincial. En la sede municipal llamó la atención que no estuviera en la reunión de la que participaron los máximos referentes locales. En la multitudinaria foto de familia, no figuró. Con la excusa de que el convite fue para dirigentes del interior, como sucedió en otras oportunidades, ella no estuvo. Claro que después tiene encuentros particulares con el gobernador. Pero no es lo mismo. Fue un detalle, sin embargo, en comparación a lo que vino después.
La denuncia que la concejal alfarista Ana González hizo contra el Gabinete municipal dejó en shock a la administración, porque no la esperaban. Dentro del chahlismo sospechan que el material que dio origen a la presentación provino de “fuego amigo”.
La integración del alfarismo al frente Tucumán Primero es un elemento de discordia insalvable entre Chahla y Jaldo y lo seguirá siendo. En los alrededores de ambos afirman que el ex intendente Germán Alfaro no haría una jugada así sin, cuanto menos, el conocimiento del tranqueño.
“El ladrón cree que todos son de su condición”, lanzó ella cuando le consultaron sobre la denuncia y, claro, las huestes de su antecesor.
Jaldo y Chahla decidieron por ahora bajar los decibeles públicamente. Se mostrarán más en algunas actividades, para calmar las aguas. De hecho, estuvieron en la Casa de Gobierno con los alumnos de la Normal y el martes el gobernador irá por primera vez al Municipio desde que comenzaron ambos mandatos.
Otro nombre discordante entre los dos es el de Carlos Cisneros. El diputado estuvo siempre cerca de la intendenta. El desplazamiento del cisnerismo de la Caja Popular enrareció también los contactos entre Chahla y Jaldo. El viernes, el alejamiento del subsecretario de Gobierno municipal, Alejandro Sangenis, cercano al dirigente bancario, azuzó versiones. Esta línea parece estar reformulando sus relaciones dentro del justicialismo.
En el baile de las desconfianzas, todos hablan de la unidad como una necesidad absoluta. Los dirigentes del PJ, sin embargo, siguen de cerca las dinámicas entre estas figuras y orbitan alrededor de ellas para tratar de tener pistas de cómo serán los meses que siguen antes del año electoral y cómo se mantendrá la convivencia incómoda.